La plaza Tahrir y la revolución inacabada

Por Erick Daniel Cruz Ocampo.

El pasado 25 de enero se cumplieron 6 años desde que una protesta en contra del Estado policiaco y las paupérrimas condiciones de vida en Egipto se convirtió en un movimiento social en contra del propio régimen, encabezado por el entonces presidente Husni Mubarak y sus casi 30 años en el poder.

Actualmente podemos apreciar los aprendizajes que esta experiencia nos proporcionó, una plaza que revolucionó todo para que nada cambiara. Después de 18 días de levantamiento, la derogación de la ley de excepción y la abdicación del presidente Mubarak, perteneciente a la cúpula militar, cuesta trabajo entender que la élite gobernante sigue siendo la misma a la que en 2011 se le exigió su salida del país.

En el presente no podríamos entender la configuración del Sistema Internacional sin mencionar ni comprender las rupturas en la historia, tanto los momentos coyunturales que le dieron una dirección diferente a una realidad específica como los movimientos revolucionarios que han dado paso a la creación de esta configuración del Sistema Internacional. Una de estas rupturas es lo que origina la llamada “Primavera árabe” en Medio Oriente y en específico la plaza Tahrir (liberación en árabe) en Egipto, evento que aún sigue teniendo un eco internacional a razón de los debates que aún genera.

Los nulos cambios políticos, económicos y sociales logrados en 2011 hacen difícil la aproximación a este campo de estudio desde el concepto de revolución debido a que después de lo pasado en Francia en 1798, esta palabra comenzó a tener un significado particular, se le asoció con un giro radical de una realidad específica. Un cambio de raíz en la forma de organización política y social.

El debate que aún persiste y que nació en Enero de 2011 en Egipto para definir si lo que pasó era o no una revolución, nos lleva a entender (y debatir) este concepto en palabras de Hannah Arendt[1], como aquella intricada confusión, difícil de desenredar, unida al mismo tiempo a la noción sobre la interrupción y el repentino comienzo del curso de la historia; el inicio de una nueva historia, desconocida, opacada, que lucha por abrirse camino y narrar lo que no se le ha dejado exponer.

Sin embargo, como menciona Yasmine Farouk[2], una revolución tiene dos componentes: una situación y un resultado revolucionario. Para poder evaluar un fenómeno de tal magnitud desde este orden de ideas es menester analizar y comparar la situación posterior y anterior a esta. Lo que se traduce en saber si existió un cambio o si se mantuvo una continuidad de la situación por la que nace tal. Sin embargo, es necesario tener cuidado porque esa evaluación muchas veces puede estar limitada o mal dirigida.

I

En el siglo XX las revoluciones se caracterizaron por llevar a cabo el apropiamiento de las estructuras políticas, desde arriba. El punto nodal de ellas era buscar el cambio por los medio institucionales dados, entrar al juego partidista, convertirse en partidos políticos que institucionalizaran la revolución para crear un equilibrio de poder contra el partido único o hegemónico y solo así, el cambio vendría; la revolución podría ser tangible.

Institucionalizar el proceso sería la vía idónea para que cualquier inconformidad o demanda pudiera concretarse un cambio, antes no. Para llegar a este punto, indispensable era el tomar la institución política por excelencia, el Estado. Bajo este modelo, toda revolución necesita a la burocracia estatal para concretarse.

Fue así que los movimientos socialistas del siglo XX, al ser planteadas desde arriba, recurrieron al Estado como herramienta primordial del cambio. Acorde a esto, Isabel Rauber[3] menciona que estas revoluciones socialistas hicieron del partido (de vanguardia) su personificación política. Se centraron en la conquista del poder político para-desde ahí- poner fin a la propiedad privada de los medios de producción. Apostaron a la política [institucionalizada] para modificar la economía y, a través de esta, toda la sociedad. La misión del partido de vanguardia era-en esta estrategia- garantizar esto.

Estos fenómenos sociales algunas veces han sido la única vía contra hegemónica, muchas otras la mejor forma de hacer prevalecer al sistema. Sin embargo, podemos apreciar que al menos en el siglo XX, ese camino revolucionario fue viciado al reproducir, y en casos más graves, imponer estructuras de poder que solo crearon un paternalismo y clientelismo social que conllevó al mismo tiempo a un endurecimiento del poder de Estado en manos de la dirigencia partidista.

Las revoluciones desde arriba, cayeron en los mismos vicios y “fallas” por las que un día se luchó. En general, persistió la pobreza, las crisis alimenticias continuaron, la represión y la violencia de Estado se recrudecieron y la estructura política se plagó de corrupción.

El régimen que heredó Hosni Mubarak es el ejemplo perfecto de los vicios de un Estado nacido de una revolución desde arriba. El partido político que el presidente Mubarak presidió, el Partido Nacional Democrático (PND), es heredero directo de la Unión Socialista Árabe; partido único creado por Nasser en 1962 al cual se integraron diversos sectores que apoyaron el golpe de los Oficiales Libres de 1952. Esto significa que el afán de erradicar un régimen monárquico y autoritario que tenía como fin la revolución de los Oficiales Libres se convirtió en un modelo a seguir, una herencia epistémica que marca el comportamiento político de la élite en el poder.

Otra parte de los vicios de esta revolución “desde arriba” es haber hecho del PND el partido de vanguardia en Egipto, originando con esto prácticas clientelares tanto con la sociedad como con los demás partidos satélite, supuestamente contrarios. Tendencia que provocó que las fuerzas antagónicas al poder se dirigieran por una línea de pensamiento y comportamiento proclive a los ideales del régimen.

Debido a lo anterior, desde las últimas décadas del siglo XX, podemos observar que a partir de la experiencia que dejaron los movimientos y revoluciones pasadas se crearon propuestas antagónicas. Junto con ello nace una nueva epistemología de los movimientos sociales y antisistémicos. Éstos incentivaron los debates sobre la posibilidad de cambiar la realidad, los alcances y orientación de ellos.

Aprendizaje que sirvió para resarcir carencias en el proceso de formación, renovándose y replanteando reflexiones políticas centradas en el poder, sus mecanismos de reproducción, producción, medios y orientación. Fueron naciendo así, en palabras de Isabel Rauber[4], elementos clave que configuran en la actualidad una nueva concepción estratégica acerca del cambio social, de la construcción del poder propio y del sujeto(s) capaz de construir, sostener y profundizar los procesos sociales de cambio hacia la construcción de una nueva sociedad, superadora del capitalismo.

Con todo lo anterior, se aprecia que en el siglo XXI la vía para un cambio busca la subjetividad del sujeto enmarcado y entendido en una colectividad para crear conciencia que origine un cambio, sin la necesidad de apropiarse de las estructuras del sistema político.

En esta propuesta, siguiendo la misma línea teórica de Rauber[5], la revolución no inicia después de la toma del poder, sino que esta nace y se desarrolla en las entrañas mismas del capitalismo. Se encuentra presente desde las primeras resistencias, está presente en todo el proceso; es el proceso mismo. Esta comprensión y posicionamiento de la revolución social como un proceso de transformación integral, social, cultural, económica y ética; permanente, se entiende y condensa metodológica y políticamente en el concepto de construcción de poder “desde abajo”.

En esta vía, el poder y su gestión se mantienen desde y para la sociedad en lugar de inclinarnos o hacer referencia al Estado-nación como único ente con esta capacidad. La diferenciación de la forma de llevar a cabo la revolución entre el siglo XX y el XXI crea una epistemología propia de cada época. Por lo tanto podemos caracterizar al siglo XXI con los puntos de conexión de los movimientos sociales que han sembrado eco en estos últimos años.

Esta visión, a diferencia del devenir de las revoluciones del siglo XX y a partir de las décadas de 1960-80´s, protagonizó gran auge debido a determinantes factores externos e internos. El neoliberalismo y sus consecuencias son el común denominador de las luchas y resistencias del siglo XXI. La lucha se concentra en la desigualdad social, las estructuras de reproducción de poder, la explotación y la dignificación de la vida.

Por otro lado, el orden del discurso que se haga para explicar y entender el fenómeno social de Tahrir en 2011 tiene diversas puntuaciones. En primer lugar denominarle “Primavera árabe” desde occidente en general, hace dirigirnos a una realidad y un significado distinto, debido a que el término primavera, en cuestión de movimiento social o revolución, siguiendo las palabras de Hamid Dabashi[6], proviene de acontecimientos históricos en Europa; se relaciona con las revoluciones antimonárquicas de 1848 o con la Primavera de Praga y nos sugiere una orientación temporal incorrecta, por este motivo la vía más viable sería entender lo ocurrido desde conceptualizaciones locales.

En segundo lugar, como bien analizan Arrighi, Hopkins y Wallerstein[7], la Primavera de Praga significó el episodio más espectacular y dramático de las revoluciones de 1968 en Europa. A pesar de fracasar, ésta se convirtió en un punto de referencia en los movimientos antisistémicos, debido a que revolucionó las formas de enfrentarse al sistema, fue un movimiento explosivo pero de limitada duración que encontró base en las aspiraciones y agravios así como poder social de la élite intelectual.

Por consiguiente, se puede tomar elementos de ambos concepciones para tener un acercamiento analítico con lo ocurrido en Egipto, si bien es necesario definir los acontecimientos desde latitudes específicas y evitar tanto la colonización como apropiación de conceptos, también resulta prioritario aportar el peso y significado necesario. Entonces Tahrir 2011 contiene el fracaso institucional y el impacto social revolucionario de la Primavera de Praga pero con las características históricas, políticas y culturales de la región.

En sentido estricto y haciendo una lectura para explicar lo ocurrido en Egipto en 2011, siguiendo la línea de Gresh[8], se entiende como una rebelión [tamarud] de carácter popular cuya característica no radica en la fundación de nuevas instituciones, ni la de su proyección universalista, sino más bien, la de la revocación radical de la soberanía estatal, dejando sin efecto al contrato social, retomando la sociedad el poder y dirigiendo ella al Estado.

Empero de las intenciones por reconfigurar la estructura estatal desde su núcleo, la sociedad civil organizada no logró tal objetivo debido a múltiples factores. A pesar de la experiencia adquirida por la proliferación de protestas contra el régimen desde 2003, la sociedad vio frenadas sus aspiraciones debido al poder e influencia militar.

No obstante, desde un principio las personas que se congregaron en las calles y plazas egipcias, en su mayoría jóvenes, comenzaron a llamar revolución a lo que sucedía, por ser esta “la única revolución que ha emanado de las manos de las masas populares en contra del régimen y su represión.” Palabras que plasmaban organizaciones sociales como los socialistas egipcios en su manifiesto Egipto revolucionario, continúa y completa tu revolución[9]. Lo revolucionario fue entonces el cambio de agente en la tendencia de cambio, la sociedad civil por el ejército.

Desde las calles egipcias se autodenominaba al levantamiento con el nombre de Tzaura que en árabe significa revuelta, y que Gilbert Achcar[10] la describe como una convulsión que incluye por lo menos un cambio en el régimen político logrado en forma tal que viola la existencia de legalidades, en otras palabras, un golpe en la configuración del Estado, de la cotidianidad; una revolución en el sentido absoluto de la palabra.

El logro aquí radica en lo innovador del proceso, la creación de un sujeto colectivo; la revolución se creó desde abajo de la estructura estatal, ignorando toda clase de diferencias en la sociedad, en general, se unió para tomar en sus manos el futuro del país. La mayor aportación de esto es que la gente común ha creado un proceso diferente que no proviene desde lo más alto de la estructura política sino desde abajo, a pesar de ser considerado un fracaso por no evitar el continuismo político. De esta forma cambiaron la perspectiva de hacer una revolución al modificar, por al menos un breve instante, todo de su lugar.

Con ayuda de estos conceptos podemos decir que en 2011 se destapó una rebelión que viene gestándose años atrás en Egipto, la que implicó y logró el derrocamiento de un clan que dominaba al Estado y la democratización del régimen semi-presidencial (tzaura). Además, no hay que olvidar que como todo proceso social se encuentra abierto a una serie de posibilidades aún no dadas así como pendientes cambios obligatorios y fundamentales a pesar del regreso a la situación económica y política previa a enero de 2011.

Al ser una revolución en proceso, es imposible considerar su vigencia de solo 18 días, del 25 de enero al 11 de febrero de 2011, pues no concluirá hasta que las demandas sean una realidad. El deseo de cambio seguirá en el ideario colectivo mientras la vida cotidiana sea manchada por las injusticias sociales, las desigualdades.

II

Para entender lo anterior es necesario comprender la histórica y sistemática apropiación del Estado por parte del ejército, siendo aquel solamente un recurso de poder para la institución castrense, ocupación que ha generado obstáculos para la apertura y participación ciudadana por vías institucionales. Estos obstáculos han sido sistémicos pero hoy en día tienen mayor visibilidad debido a las consecuencias que han generado.

Es evidente que el ejército ha mantenido un papel privilegiado desde la época de Ramsés II, sin embargo, es con la llegada de Gamal Abdel Nasser el desarrollo e inserción paulatina en los asuntos públicos. Desde mediados del siglo pasado el ejército comenzó a controlar gran parte de la riqueza nacional. Hecho que se ha incrementado hasta la actualidad al poseer el 85 %[11] de la economía del país.

En este sentido, el ejército es considerado la columna vertebral del Estado; la vía idónea, desde diversos puntos de la sociedad, para el progreso. Sin embargo, ha sido esta élite quien desde la caída de Mubarak ha acusado de sabotaje a los diminutos pasos para cambiar un espectro de la realidad y de la misma forma ha llamado revolución a un proceso de transición, tildando de democrático un Golpe de Estado. Se entiende entonces que Egipto es un ejército que tiene un país más no un país que tiene ejército.

A pesar de que después de la caída de Mubarak las manifestaciones fueron controladas y mermadas por el ejército, éstas proporcionaron grandes aprendizajes; se modificó inclusive la forma de entender el concepto de revolución, se modificó en la práctica al buscar la forma de crear una vida nueva, una forma otra de sobrellevar la realidad. La forma de crear este deseo fue llevando a cabo, entre los manifestantes, relaciones sociales horizontales, pudiendo ser en conjunto un sujeto unísono al gritar ¡Kifaya! (¡Ya basta!).

Hay que aclarar además que lo único constante en la realidad son los cambios y que existen procesos; unos dentro de otros. Por lo tanto, uno de los aprendizajes de esta investigación es la nula espontaneidad de este proceso y que al ser un proceso inacabado la mejor conclusión vendrá a futuro.

Lo epistemológico son dos componentes; rechazo y creación de nuevas formas de convivencia, saliendo a la luz después de un largo camino subterráneo y muchas veces ilegal[12]. Un largo caminar que se traduce en miles de marchas, iniciativas de resistencia, practicas colectivas focalizadas que dieron paso a grandes hechos.

La constante en la historia política de Egipto, es entonces el poder que ejerce el ejército, la variable son las distintas épocas y contextos en el que actúan. En este caso, son sus intereses lo que obstaculiza el cabal cumplimiento de las demandas. La cúpula militar sigue manteniendo el control de la economía nacional, este hecho sigue originando profundas desigualdades sociales y manteniendo a la mitad de la población nacional en márgenes de pobreza.

La historia contemporánea de Egipto, del último siglo por lo menos, se mide en reconfiguraciones del sistema, reconfiguraciones del ejército. Existe una tendencia claramente marcada en cada uno de los procesos históricos o periodos; se instaura, por diversas vías, pero en general mediante el uso legítimo de la fuerza, el programa o ideal del grupo o persona que esté en el poder, eliminando a toda la competencia, confrontándola y manteniendo la mayor resistencia esto.

Estos hechos demuestran una vez más el poder de la institución castrense. Por su gran experiencia política impide cualquier tipo de movimiento que pueda poner en juego sus intereses. Este punto en realidad tiene mayor complejidad de la que parece debido a que la institución castrense no es un monolito, tiene diversas figuras, en diversos sectores, con diversos intereses que así mismo choca entre sí invariablemente, empero, cuando su “República” corre un riesgo, el enfrentamiento es unísono e inminente.

Sin embargo, es necesario señalar que los grupúsculos oligárquicos que detentan el poder al interior del territorio, así como los mismos que al exterior buscan un beneficio de la posición geoestratégica de Egipto, son claves para entender el “fracaso” de las demandas.

Al igual que Luis XIV cuando dijo L’État, c’est moi, los militares entienden y apoyan su sistema político respecto a sus intereses. Por esto conciben la democracia en la realización de procesos electorales y representación de distritos, amparándose para el cabal funcionamiento de ésta en el Estado de Derecho, o lo que resulta igual, la ley de emergencia. Por lo tanto, todo lo que resulta estar fuera o en contra de su poder es catalogado antidemocrático.

Así, la plaza Tahrir entendió y demandó democracia transversal, que se tomara en cuenta a todas las voces, sin importar género, religión o clase social. Horizontal más que vertical para que se acabara la injusticia social y económica. Participativa más que representativa para que la libertad en el país rigiera y acabar así la farsa de las urnas. Por lo tanto, la forma de concebir la democracia es también un tema enriquecedor, debido a la diferencia entre los tres agentes principales de esta investigación.

Por lo tanto, la inserción militar no significa que la gobernanza ni la gobernabilidad estén en duda, en otras palabras, ni antes, ni durante, ni después de las manifestaciones se presentó al menos un rasgo o una característica para señalar a Egipto como un Estado fallido, simplemente lo ocurrido demuestra que Egipto es un Estado que funciona de esta manera a la perfección.

Tahrir demostró una vez más las limitadas posibilidades que tiene la sociedad egipcia para lograr una apertura política por las vías institucionales, fortaleciendo así las vías alternas. Sin embargo, el periodo de dieciocho días que dura la revolución bastó para cambiar la percepción social de la cotidianidad que, si bien es cierto se torna complicado un cambio más aún con llegada de Adbel Fatah Al-Sisi mediante un “Golpe de Estado Democrático”, esta sigue siendo una revolución inacabada.

Citas:

[1] Arendt Hannah, On Revolution. Penguin Book. Londres Inglaterra 1990 175 pp.

[2] Farouk, Y., & Murillo S., L. (2012). LA “REVOLUCIÓN” DE EGIPTO: MUY PRONTO PARA CONCLUIR, A TIEMPO PARA EXCLUIR. Foro Internacional, 52(2 (208)), 345-360. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/41636527

[3] Rauber Isabel. Siglo XXI: tiempo de revoluciones desde abajo. (en línea), Rebelión. 4 de abril de 2009.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Hamid Dabashi, “Contestatory language of the Arab Revolutions”, conferencia magistral presentada en Jornadas de Estudios Culturales: Representaciones y Significaciones de Asia, Implicaciones del Orientalismo en la enseñanza de lenguas culturas en contextos latinoamericanos, México, Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras (CELE), UNAM, “Auditorio Rosario Castellanos”, martes 29 de octubre, 2013.

[7] Arrighi Giovanni, Hopkins Terence .K., Wallerstein Immanuel, Movimeintos Antisistémicos,AKAL, España, 1999, 125 pp.

[8] Alain Gresh. La intifada veinte años después (en línea). Palestinalibre.org, 20 diciembre de 2007. Dirección URL: http://www.palestinalibre.org/articulo.php?a=5671

[9] Egyptian Socialists, Go forward, Revolutionary Egypt, and Complete your Revolution!, en línea, 25 de noviembre de 2011. Dirección URl: http://www.tahrirdocuments.org/2012/02/go-forward-revolutionary-egypt-and-complete-yourrevolution/

[10] Gilbert Achcar, The People Want. A radical exploration for the arab uprising, Saqi Books, Londres 2013, p. 13.

[11] Santiago Alba Rico, Egipto, el golpe de Estado y las revoluciones árabes, Anuario de Movimientos Sociales 2013 (en línea), Fundación Betiko, Enero 2014, Dirección URL: http://fundacionbetiko.org/wp-content/uploads/2014/04/Egipto-elgolpe-de-estado-y-las-revoluciones-%C3%A1rabes.pdf

[12] Zibechi Raúl, Las revoluciones de la gente común,en línea. La Jornada, 3 de junio de 2011.

Fuentes de consulta:

  • Alain Gresh. La intifada veinte años después (en línea). Palestinalibre.org, 20 diciembre de 2007. Dirección URL: http://www.palestinalibre.org/articulo.php?a=5671
  • Almodóvar Marc. Egipto tras la barricada. Revolución y contrarrevolución más allá de Tahrir. Virus editorial. Barcelona. Enero 2014. 343 pp.
  • Arendt Hannah, On Revolution. Penguin Book. Londres Inglaterra, 1990, 175 pp.
  • Arrighi Giovanni, Hopkins Terence .K., Wallerstein Immanuel, Movimeintos Antisistémicos,AKAL, España, 1999, 125 pp.
  • Egyptian Socialists, Go forward, Revolutionary Egypt, and Complete your Revolution! (en línea) 25 de noviembre de 2011. Dirección URl: http://www.tahrirdocuments.org/2012/02/go-forward-revolutionary-egypt-andcomplete-your-revolution/
  • Farouk, Y., & Murillo S., L. (2012). LA “REVOLUCIÓN” DE EGIPTO: MUY PRONTO PARA CONCLUIR, A TIEMPO PARA EXCLUIR. Foro Internacional, 52(2 (208)), 345-360. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/41636527
  • Gilbert Achcar, The People Want. A radical exploration for the arab uprising, Saqi Books, Londres 2013, p. 13.
  • Hamid Dabashi, “Contestatory language of the Arab Revolutions”, conferencia magistral presentada en Jornadas de Estudios Culturales: Representaciones y Significaciones de Asia, Implicaciones del Orientalismo en la enseñanza de lenguas culturas en contextos latinoamericanos, México, Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras (CELE), UNAM, “Auditorio Rosario Castellanos”, martes 29 de octubre, 2013.
  • Malek Anouar, Abdel. Egipto sociedad militar. Sociedad y ejército 1952-1967. Tecnos, Madrid España. 1967 p. 490
  • Rauber Isabel. Siglo XXI: tiempo de revoluciones desde abajo. (en línea) Rebelión. 4 de abril de 2009.
  • Santiago Alba Rico, Egipto, el golpe de Estado y las revoluciones árabes, Anuario de Movimientos Sociales 2013 (en línea), Fundación Betiko, Enero 2014, Dirección URL: http://fundacionbetiko.org/wp-content/uploads/2014/04/Egipto-el-golpe-de-estado-ylas-revoluciones-%C3%A1rabes.pdf
  • Zibechi Raúl, Las revoluciones de la gente común. En línea. La Jornada, 3 de junio de 2011.

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