Ayotzinapa, la guerra que nos ocultan

Por: Alejandro Cardiel Sánchez.

Siento un nudo en la garganta. Las fotos que tengo a la vista a menos de dos metros de distancia son tremendas. Oigo, pero no escucho lo que Miguel Ángel Alvarado menciona. Solamente pienso “qué clase de persona puede hacer algo así y luego –como si nada- continuar con su vida”. Trato de contener mis emociones y poner atención a la exposición. Pasan de las 22:00 horas y el aula donde se presenta el libro La guerra que nos ocultan está en un silencio absoluto. Puedo escuchar la respiración de las personas detrás de mí. A mi lado, una mujer llora. El shock, la rabia, la tristeza y la indignación general es evidente.

Normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero. Fotografía: Alejandro Cardiel | Políticas Media.
Normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero. Fotografía: Alejandro Cardiel | Políticas Media.

Horas antes llegamos a la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa Guerrero, a la Asamblea Nacional Popular realizada el 8 de octubre del presente año, donde se trataron las acciones en las que tomarán parte los padres de los estudiantes desaparecidos el 26 de septiembre del 2014.

Durante el desarrollo de las actividades de la Asamblea, se contempla, entre otras actividades, que los padres de los normalistas asistan a la Feria del Libro de Guadalajara, lugar en el que siendo candidato a la presidencia de la república, Enrique Peña Nieto no pudo mencionar tres libros que hayan cambiado su vida.

En el transcurso del día, camino por la escuela conocida ya mundialmente por la desaparición forzada de 43 de sus alumnos y el asesinato sistemático de muchos otros –dos de esos crímenes cometidos en un supuesto asalto en el transporte público hace menos de una semana–.

Las instalaciones son austeras y amplias. Es evidente a simple vista, que pasaron el rastrillo y que limpiaron las áreas comunes hace menos de un día. Los estudiantes, en su mayoría descansando a la sombra de los árboles -es sábado- o en los arcos de los dormitorios permanecen indiferentes ante la presencia de los visitantes que deambulamos por las instalaciones.

Llama mi atención la enorme cantidad de perros que hay en la escuela -conté al menos 20-. Todos completamente dóciles y acostumbrados al contacto humano. También la enorme cantidad de árboles que dan sombra en técnicamente todas las instalaciones. Hay, además de los perros, vacas, caballos y no sé qué cantidad más de animales; a algunos los veo cerca de los amplios invernaderos que se ven desde el comedor.

Comemos sopa de pasta, frijoles, carne de cerdo frita y una salsa verde que hace las delicias de la mesa. Posteriormente, la Asamblea transcurre sin mayores contratiempos, se da lectura a la relatoría y a los acuerdos tomados. Finaliza con el canto del Himno “Venceremos” y la invitación a la presentación del libro “La guerra que nos ocultan” que se realizó más tarde en el Aula Magna.

Mientras tanto tenemos tiempo de conocer más a fondo las instalaciones, tomar fotos de los murales que ocupan la gran mayoría de los espacios de la escuela y de platicar con los estudiantes de la normal.

Me llama la atención un mural de Julio César Mondragón Fontes. En lo que seguramente es una bodega. A su lado hay un árbol de flores rojas de al menos 15 metros de la raíz a la copa. Frondoso y lleno y vida. Me acerco a contemplar el rostro de “El Chilango” enmarcado de flores anaranjadas, azules, blancas y moradas con colibríes revoloteando a su alrededor. Este rostro, esta sonrisa, es la que llevo en mente cada que recuerdo el nombre de Julio César Mondragón. Procuro no relacionarlo con el rostro descarnado que vi en los diarios de circulación nacional cuando fue asesinado en el operativo que desapareció a 43 normalistas y dejo muertos incluso a jugadores de del equipo de futbol Los Avispones, además de decenas de heridos.

Mural en la normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero. Fotografía: Alejandro Cardiel | Políticas Media.
Mural en la normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero. Fotografía: Alejandro Cardiel | Políticas Media.

 La guerra que nos ocultan

Siento un nudo en la garganta y un “fuego” en la boca del estómago. No doy crédito a lo que veo. La saña con que trataron a Julio César se escapa de mi comprensión. Las fotos del cuerpo tirado a la vera del camino, a unos metros del C4 de Iguala y de la posterior autopsia son desgarradoras. Miguel Ángel Alvarado, con tono pausado, preciso e informado, explica el procedimiento mediante el cual se hicieron las incisiones con bisturí, cómo se efectuó el corte en el cuello de Julio César y cómo la piel fue arrancada de abajo hacia arriba hasta dejar sin rostro el cuerpo aún con vida de este otrora estudiante normalista.

Fotografía: Magdalena González | Políticas Media.
Fotografía: Magdalena Gonzálezl | Políticas Media.

Las fotos no dejan nada a la imaginación. Nos muestra las fracturas, las cuencas enucleadas, la saña de los asesinos. Nos prueba cómo esto no pudo haber sido hecho por la fauna del lugar -como han tratado de explicar las autoridades encargadas de la investigación-. Siento un nudo en la garganta, un “fuego” en la boca del estómago y ahora un calor que sube a mi cabeza. Siento el corazón en la frente. A mi lado una mujer llora. El shock, la rabia, la tristeza y la indignación general es evidente.

Cuitláhuac y Lenin Mondragón (tío y hermano de Julio César) abundan ante el auditorio en la información que da Miguel Ángel Alvarado López, el periodista coautor del libro que se presenta. Al lado de Lenin Mondragón un jovencito de camisa blanca y de enorme parecido con Julio César contiene las lágrimas y desde atrás de sus lentes de armazón negro lanza una mirada triste a la cámara. Siento sus ojos clavados en los míos. Sin enfocar, tomo la fotografía justo un instante antes de que él desvíe la mirada hacia el reportero que en ese instante entra en materia e inicia con la presentación del libro.

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Presentación del libro “La guerra que nos ocultan”, en Ayotzinapa Guerrero. Fotografía: Alejandro Cardiel|Políticas Media.

“Están disparando amor”, dijo Julio César Mondragón en su última comunicación conocida. Con esas palabras podría resumirse lo que sucedió aquella noche y madrugada del 26-27 de septiembre del 2014. Disparar de manera indiscriminada contra estudiantes desarmados. Contra la población en general. Contra un equipo de futbol juvenil. Contra un taxi. Contra la vida.

Normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero. Fotografía: Alejandro Cardiel | Políticas Media.
Normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero. Fotografía: Alejandro Cardiel | Políticas Media.

Siento un nudo en la garganta. Félix Santana y Miguel Ángel Alvarado exponen su libro. Mencionan algo que recuerdo haber leído antes. Titanio, oro, uranio, empresas mineras canadienses, grupos paramilitares contratados por estas para desplazar poblaciones, mediante la compra a precio de risa, la intimidación o la violencia directa.

Hablan de los grandes yacimientos de minerales que se encuentran precisamente en los lugares en donde la violencia se ha disparado en los últimos años. La Cuenca de Burgos, Tlatlaya, Iguala, Veracruz y otros. Recuerdo de pronto el libro de Federico Mastrogiovanni, “Ni Vivos Ni Muertos. La desaparición forzada en México como estrategia de terror”. En ese libro se habla precisamente del proceso de gentrificación –esto es, el desplazamiento de la población originaria de una zona- y la desaparición forzada de personas precisamente en sitios donde abundan los recursos naturales. Hace especial mención de las zonas dominadas por los Zetas, el grupo de ex militares, que tienen completamente dominada la zona de una de las reservas de gas shale más grandes del mundo –la Cuenca de Burgos-.

El silencio, en el Aula Magna de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa Guerrero, es absoluto. Miguel Ángel Alvarado hace una pausa para beber agua. Afuera pueden escucharse a los grillos y las chicharras. Todos a mí alrededor respiramos de manera profunda. Escucho –y me escucho- como todos sacamos el aire. Estamos listos para el siguiente round.

Nos hablan de la violencia, producto del despojo de tierras que hacen las empresas mineras -sobre todo canadienses- en todo el territorio nacional. El control que tienen los cacicazgos locales que como pequeños virreyes deciden sobre la vida o la muerte de personas y poblaciones completas. Nos hablan de “escuadrones de la muerte” y “la naturalización de la barbarie” que es precisamente el título del capítulo VII de La Guerra que nos ocultan.

Recuerdo de pronto haber leído algo similar “La pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra”. Veo que en este caso, aplica ciento por ciento. Al fin la memoria me dice que fue Eduardo Galeano quien da ese título a la primera parte de su libro “Las venas abiertas de América Latina” donde consigna: “Ocurre que cuanto más ricas resultan esas tierras vírgenes, más grave se hace la amenaza que pende sobre sus vidas; la generosidad de la naturaleza los condena al despojo y al crimen” (Pág. 71). Escucho las historias de muerte y despojo que describen los autores y me doy cuenta con horror e indignación que Galeano se quedó corto en su análisis. O no. Sólo que parece que en México seguimos atrapados en un momento de la historia previo a ¿la Independencia?

Siento un nudo en la garganta y un llanto atravesado. Siento en la boca del estómago “la misteriosa llama de la reina Loana”. Pienso que no estoy escribiendo de manera “objetiva” y de nueva cuenta pienso en Galeano cuando dice que “la objetividad es para los objetos”. Creo que nunca he estado más de acuerdo con un autor. Siento indignación, coraje, rabia y -ahora lo sé- miedo mientras escribo estas líneas.

Federico Mastrogiovanni habla en su libro Ni Vivos Ni Muertos de la operación “Nacht und Nebel”, (Noche y Niebla), implementado por los nazis para desaparecer a los disidentes del Sistema. Pienso también en la “Pedagogía del Terror” del que hablan en el capítulo III de La Guerra que nos ocultan. Siento miedo y al mismo tiempo la necesidad de escribir para vencer esa barrera que nos paraliza.

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un sólo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Estas palabras de la Biografía de Tadeo Isidoro Cruz de Borges han estado en mi mente desde que inicié a escribir estas líneas. El protagonista de esta ficción de Borges “Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe de acatar el que lleva adentro”.

Julio César Mondragón, tal vez sin saberlo, comprendió su destino, cuando en vez de huir, encaró a sus captores y posteriores asesinos y acató, sin chistar la muerte infame que le dieron. Hoy, lo abrazo a él en su valentía y abrazo a su familia y su esposa en su dolor.

“Que sirva de algo”, escribió Miguel Ángel Alvarado en la dedicatoria que plasmó en el libro que adquirí en ese momento.

Leo la dedicatoria y no puedo sino pensar en esas palabras mientras escribo estas líneas. Ojalá sirvan de algo y que quien las lea considere en leer este libro lleno de historias de corrupción y violencia que hacen que historias como las de la Casa Blanca de Peña, o la de Videgaray en Malinalco, palidezcan y queden como cosa de niños ante el despojo, la violencia y la muerte causadas por las mineras canadienses y todos aquellos que han hecho de la muerte su modo de vida.