El Patriarcado y Las Batallas en el Desierto

Por: José Antonio Trujeque

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Una de las obras más sorprendentes de la literatura mexicana moderna es “Las Batallas en el Desierto”, del gran escritor José Emilio Pacheco (1939-2014). Las “Batallas” fue originalmente publicada en el diario “unomásuno” en su suplemento sabatino del siete de junio de 1980; a partir de  ese humilde comienzo la obra ha alcanzado, merecidamente, la estatura de un clásico de las letras hispanoamericanas modernas.

Como toda obra maestra, “Las Batallas” abre muchas puertas para nuestras interpretaciones. En su modesta extensión de 60 y pico de páginas (dependiendo de la edición), el autor se ha permitido el desarrollar una historia que, en su simpleza temática, contiene distintas vertientes narrativas, las cuales vienen a ser una especie de arterias, venas y vasos sanguíneos de un sistema circulatorio que alcanza a todos los rincones de un cuerpo, de un organismo. En este caso, el organismo es el país llamado México y su ciudad capital, sujeta a los cambios inducidos por el gobierno de Miguel Alemán Valdés, presidente mexicano en el sexenio 1946-1952.

El marco de la historia contada en “Las Batallas” es la construcción de un sistema político y económico corrupto, el cual tergiversó el significado histórico de la Revolución Mexicana; detrás de cada evento contado en “Las Batallas” podemos percibir la manera en que el gobierno de Alemán Valdés construía a un sistema político y económico que colocó a un tipo de pensamiento patriarcal como el cimiento de una cultura e ideología aspiracional.

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Inauguración de la Ciudad Universitaria (UNAM) el 20 de noviembre de 1952, ceremonia encabezada por el entonces presidente Miguel Alemán Valdés, cuya estatua, en la plaza central de la CU,  fue develada el mismo día. Alemán fue objeto de una especie de culto cívico, realizado en fastuosos homenajes y sendos actos masivos en su honor. Incluso, parte de la clase política priista intentó la reelección del “Cachorro de la Revolución”, como llamó a Alemán el dirigente sindical e ideólogo comunista Vicente Lombardo Toledano. Sin embargo, en medio y pesar de la alharaca y el servilismo de sus amigos, socios y aduladores, era públicamente conocida la enorme corrupción y la inmoralidad del gobierno alemanista

Fuente de la magen: UNAM

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Durante el alemanismo, el pensamiento patriarcal fue bajado del cerro y del caballo (es decir, de sus tradicionales marcos rurales) para subirlo a los automóviles Cádillacas, y entonces colocarlo como parte del paisaje urbano moderno. En otras palabras, durante el alemanismo, el patriarcado mexicano fue “modernizado” en su forma y en varios de sus contenidos.

Me parece que esta es la historia detrás de la historia del súbito e intenso enamoramiento de un niño-joven preadolescente hacia una mujer de mayor edad, y quien era sometida a un triple estigma social: el ser madre soltera, el ser la “amante” de un hombre casado, y el ser una mujer que no tenía a un “hombre de la casa”, es decir, el ser una mujer relativamente independiente en aquella época donde se ensalzaba, por igual, al machismo vestido de charro y al machismo montado en autos de lujo.

Si se me permite una síntesis de la historia…

Me explico: la historia principal es el súbito y potente enamoramiento de Carlos, un jovencito, a quien le suponemos una edad de entre 13 y 15 años. El incendio amoroso convierte a Mariana en una deidad, en el más especial y singular de los seres, y por quien uno es capaz de cometer la más insólita de las locuras.

Y así es.

Una mañana de tantas, Carlos cede a las lumbres de su amor, se escapa de la escuela, y ebrio de ansiedad, llega a la casa de Mariana. Ella es una joven mujer de 28 años y, además, la madre de Jim, el mejor amigo de Carlos. Había bastado una sola ocasión, una sola mirada, para que el corazón del joven Carlos latiera al ritmo de ese nombre: Mariana-Mariana-Mariana…

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Fragmento de “Las Batallas en el Desierto”. Imagen de autoría propia.

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Después de vencer el esfuerzo, Carlos confiesa a la joven que está enamorado de ella. Que nada, nadie, ninguna circunstancia ha vencido a sus deseos para decirle a Mariana: estoy enamorado de usted, señora, con toda la pasión de un loco.

Mariana reacciona de manera amistosa, o como si se tratara de la mejor amiga y de la más cercana cómplice  de Carlos. Este amor no puede ser, la diferencia de edad es enorme, dice ella.

“Nomeimporta” contesta Carlos en un solo y apresurado soplo de voz.

Eres muy joven, Carlos. En poco tiempo, conocerás a chicas de tu edad, y me verás como lo que soy, la madre de tu mejor amigo y de quien creíste, en tu corta edad, el estar enamorado.

Mariana despide al muchacho con un cálido beso en la mejilla.

Pero poco a poco, en la escuela, en el vecindario, en la casa de Carlos se han enterado del lance, y entonces sobreviene el escándalo y la ola de reprimendas y de “correctivos” para el joven que tuvo la osadía de enamorarse en una edad en la cual lo “normal” era que jugara a las guerritas con sus amigos. ¡Y enamorarse, según el pequeño orate, de una mujer de mayor edad!

¡Qué mala pécora la tal Mariana, meretriz seductora de menores!

Pero qué otra cosa podía esperarse de la amante de un hombre casado, y además, madre soltera.

Pasan unos pocos días. Carlos es llevado a sendas sesiones con psicoanalistas, quienes le diagnistican desórdenes mentales y complejos edípicos irresueltos; es obligado a arrodillarse en el confesionario ante el señor cura, quien lo somete a un régimen de padresnuestros y avesmaríassinpecadoconcebidas.

Y claro, papá y mamá, escandalizados, cambian de escuela al jovencito Carlos, para evitar las malas habladurías y para protegerlo de la tentación representada por la madre de Jim, el hijo sin padre; en fin, ambos padres hacen todo lo que está a su alcance para alejar al inocente chico del peligro representado por la “querida”, por la “cualquiera ésa”, la tal Mariana.

Años después, Carlos se entera que Mariana probablemente se suicidó, luego de una fuerte discusión con “el Señor”, es decir, con el poderoso político con quien Mariana sostenía una relación de pareja. En esa discusión, según se le cuenta a Carlos, el “Señor” golpeó a Mariana porque ella le cuestionó la corrupción del gobierno a quien servía y de quien se servía el personaje, gran amigo del entonces presidente de la República y fundador del PRI, Miguel Alemán Valdés (1946-1952).

Hasta aquí el relato principal de “Las Batallas en el Desierto”.

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Cartel promocional de la película “Mariana, Mariana” (1987), Dirección de Alberto Isaac, Producción de Héctor López Lechuga, con el Guión escrito por el dramaturgo y periodista Vicente Leñero, basado en la novela “Las Batallas en el Desierto”. Ficha completa de la película.

Imagen de atribución pública.

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José Emilio Pacheco cierra la narración mencionando que se trató de una historia que se resiste a desaparecer de la memoria, a pesar de la imparable modernización experimentada por la ciudad de México.

Pacheco, a través de Carlos, el narrador, culmina su historia con un poético ejercicio de rememoración sobre la ciudad que se fue, la urbe que ha visto desaparecer calles, parques, edificios, personas, nombres de lugares, porque esos políticos destruyeron lo que les pareció anticuado, y lo han ido sustituyendo con vías rápidas, nuevos edificios, nuevos símbolos con los que cada gobierno pretende “dejar su perenne huella”.

Pero, ¡atención!, porque Mariana y Carlos, porque aquel súbito e indómito amor de joven, y las represiones a esa transgresión, aun en su minúscula forma de una micro historia personal, forman parte de lo que ha sido la enorme ciudad. ¿Qué es esta última, sino (entre otras situaciones) la conjunción de millones de historias singulares, únicas e irrepetibles?

“Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya ochenta años.”

Así termina este impresionante relato, “Las Batallas en el Desierto”.

Pido a los amables lectores de este escrito unas disculpas por haber repetido una historia muy bien conocida para todos aquellos que se han dado la satisfacción y el placer de deleitarse con la lectura de “Las Batallas en el Desierto”.

En mi humilde justificación, puedo decir que esta novelita no ha cesado de ejercer en mí, y en miles de sus lectoras y lectores, una duradera y honda fascinación, la cual en mi caso se debe a la variedad de niveles de interpretación a la cual invita esta obra del maestro José Emilio Pacheco.

Con motivo del paro nacional de mujeres convocado para el Nueve de Marzo del 2020, quisiera compartir mis impresiones sobre uno de esos varios niveles de lectura que, como esas muñequitas rusas o “Matrioshkas”, van conteniendo a dentro de sí a otras, y a otras, y otras más, posee “Las Batallas”.

El relato contado en esta obra de José Emilio Pacheco es un potente alegato y una acerba crítica sobre el despótico patriarcado mexicano, el cual fue modernizado durante, por, mediante, y en, el corrupto sexenio de Miguel Alemán.

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Fotocomposición en la que aparece el joven escritor José Emilio Pacheco al lado de la céntrica avenida Juárez, ciudad de México, en la década de los años 50. Una ciudad que a partir del alemanismo fue sujeta a cambios en su morfología urbana, el tamaño de su población (en 1940, con una población de 1’757,530 habitantes, pasando a los cerca de 20 millones en el año 2010), y la modernización cultural y educativa de sus pobladores, sin dejar de mencionar que estos procesos están acompañados por la agudización y extensión de las desigualdades sociales y territoriales.

Tal es el marco social e histórico aludido por Pacheco en “Las Batallas en el Desierto”.

Fuente: ANTECEDENTES HISTÓRICOS de Claudia Montserrat Martínez Stone. Imagen tomada de Otro Ángulo.

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Se trató de un sistema patriarcal que apretó sus gruesas manazas sobre Carlos, el niño-adolescente transgresor, y que, peor aun, apretó sus manazas hasta culminar en el feminicidio de Mariana.

Una mujer condenada socialmente por ser madre soltera (“fracasadas”, les decían en el lenguaje cotidiano de la época alemanista), por ser la “querida” de un respetable político amigo del “señor presidente”, por ser la supuesta seductora de un chico hijo de decente familia católica y pequeño-burguesa.

¿Quién iba a defender a una mujer así de las golpizas que le propinaba “el Señor amigo del presidente”? ¿Quién le dedicó un solo pensamiento de afecto a esa mujer tras su muerte en un supuesto suicidio, pero que bien pudo haber sido un asesinato ordenado por el “Señor”, luego de que Mariana se atrevió a decir que los gobernantes, entre ellos su pareja, eran una caterva de  ladrones e hipócritas?

El patriarcado, como las serpientes, sabe cambiar de piel

En el sexenio de Miguel Alemán ocurrió un viraje de fondo en la cultura y en la política mexicanas. La Revolución Mexicana (enjambre de movimientos regionales y sectoriales en el cual murió, por lo menos, un millón personas durante el decenio 1910-1920) fue convertida en un pretexto para hacer discursos en nombre del pueblo, de decenas de “héroes”; discursos y más discursos en nombre de supuestos ideales de justicia y democracia…, mientras que, en la realidad, los sucesivos gobiernos aplicaban medidas contrarias, precisamente, a los propósitos revolucionarios.

Los políticos alemanistas hablaban sin cesar de que el presidente Alemán llevaba a su realización cabal los ideales revolucionarios. Y sin ningún recato, esos politicastros se llenaban los bolsillos con millones de pesos burlados al presupuesto público, o con el no menos deleznable tráfico de influencias.

Y así procedían los amigos, los amigos de los amigos, y los amigos de los amigos de los amigos del “señor presidente Alemán”. Una estructura de corrupción, de “influyentismo”, de robo, de hipocresía y amoralidad, fue la que dejó como legado el expresidente Alemán Valdés.

Quizá el ejemplo más claro de ese sistema esquizoide (se decía representante de una revolución popular y justiciera, pero en los hechos privilegiaba a una élite minoritaria y premiaba al robo y a la corrupción) fue la entonces nueva denominación del partido de Estado, quien por impulso de Alemán dejó de ser el Partido de la Revolución Mexicana, para convertirse en el Partido Revolucionario Institucional.

Hablar de una “revolución institucional” es como pretender la realidad de un oxímoron, por ejemplo, que la lluvia transita del suelo hacia las nubes, o que un día de pleno sol produce temperaturas bajo cero. Hablar de una “revolución institucional” es, en sí, un contrasentido. Sobre esta tergiversación del lenguaje se levantaron los símbolos y la cultura política del priismo, del autoritario sistema político mexicano.

Tal era el espíritu, el tono, la cultura política que la clase gobernante alemanista pretendía dejar bien establecida en el país: hablar una jerigonza revolucionaria por pura conveniencia y oportunismo, y en los hechos practicar acciones reaccionarias, antidemocráticas, elitistas, y llegado el caso, acciones represoras hacia quienes se atrevían a transgredir las reglas del sistema.

“Las Batallas en el Desierto” registra esos niveles en los que se fue construyendo el sistema posrevolucionario alemanista; casi en cada página del relato principal, hay por lo menos una alusión a la bajeza moral y al vacío ético practicado por los alemanistas.

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La estatua de Miguel Alemán, grandilocuente monumento colocado para la eterna presencia de este político en el campus universitario, fue finalmente derribada por grupos estudiantiles, a mediados de los años sesenta.

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Y hay, también, otro registro narrativo muy importante.

Ese sistema corrupto y corruptor estaba funcionalmente entretejido con unas estructuras de pensamiento y de conducta patriarcales. Pienso que, con justicia, puede hablarse de que el alemanismo y el posterior sistema priista fue (es) un sistema político-patriarcal, es decir, montado y sostenido por una estructura de pensamiento que vindica la superioridad natural del macho y el sojuzgamiento natural de la mujer.

Los resortes sistémicos del patriarcado son, como el “Señor” amante de Mariana, una presencia nebulosa, medio ausente, medio encubierta, pero que hace sentir su presencia cuando su autoridad es puesta en entredicho. En el relato de “Las Batallas”, el “Señor” nunca adquiere presencia carnal; es un ser semiausente, fantasmal, y sin embargo, la narración gira en torno al poder que impone, aun ausente, el “Señor amigo del presidente de la república”.

Esta presencia-ausencia es una característica específica del patriarcado contemporáneo: los discursos que tratan de justificar la dominación masculina-heterosexual ya no lo hacen a través de un léxico y una narrativa que propone, descaradamente, al arquetipo del macho. Se acude a la evitación de esa figura del macho borrachín, golpeador y lépero; en cambio, se conserva y se trata de mantener, a escondidas, una de las propuestas fundamentales del patriarcado, a saber, que las mujeres son unas  eternas menores de edad y quienes requieren de la guía, del pastoreo, de la aprobación del hombre-género masculino.

Lo que el alemanismo aportó al patriarcado mexicano fue una “modernización” de esa subcultura. Ya no era de buen tono el símbolo del campesino borracho, sombrerudo, montado a caballo, y presto a echar bala nomás por sus pistolas, pero eso sí, perruno defensor de la Virgen de Guadalupe y de la virtud de sus hijas y de su “vieja”, es decir, de su esposa.

Con el alemanismo, los símbolos del patriarcado mexicano fueron bajados del cerro y obligados a “civilizarse” en las ciudades.

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Figuras típicas del machismo mexicano en buena parte del siglo XX. Machos borrachines, cantadores, cómplices en la seducción-sujeción de mujeres, diestros jinetes de a caballo. Estos ejemplares, a partir del alemanismo, fueron paulatinamente sustituidos por otros símbolos del machismo asociados a un aspiracionismo clasista: aspirar a formar parte de estratos sociales de alto consumo económico, miembros del partido oficial, influyentes o amigos de influyentes, habitantes de colonias aburguesadas y sin indios ni personas de piel morena, y tener, como muestra de hombría, a más de una mujer.

Fuente imagen retomada de la Revista Nueve-Seis, Pedro Infante vs Jorge Negrete.

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El nuevo machismo mexicano resultado de esa modernización fue una subcultura aspiracional e individualista: el mexicano moderno debía probar su valía como hombre en la medida en que realizara, costara lo que costara, sus aspiraciones para formar parte de las clases medias con altos niveles de consumo, con la posesión de los símbolos de prestigio social (autos de lujo, casas ostentosas, ropa de marca, y un claro y tajante distanciamiento cultural y étnico del “peladaje” urbano, rural y sobre todo indígena).

Esa oferta cultural y aspiracional del alemanismo fue acompañada por otro elemento: el moderno macho mexicano debía comprobar su supuesta hombría si era capaz de tener una o varias “casas chicas”, a una o más “viejas”.

Esta era (es) una manera en que el macho urbano mexicano pretende afirmar su prestigio social y su autoestima individual. El “hombre de a deveras” posee objetos valiosos, entre ellos, más de una mujer; esta última, en efecto, es despojada de subjetividad y es convertida en un objeto que proporciona prestigio y orgullo al macho.

Si uno acompaña la lectura de “Las Batallas en el Desierto” con crónicas sobre la vida cotidiana durante el alemanismo, me parece que podrá conectar a la figura fantasmagórica, pero poderosa, del “Señor amigo del presidente de la república”, con varios prohombres de aquel gobierno.

Carlos Monsiváis en su libro-colección de crónicas “Amor Perdido” (publicado en 1977) nos refiere las andanzas de uno de esos “amigos del señor presidente”, llamado Jorge Pasquel. Una perla que retrata a ese gobierno, y a la mentalidad patriarcal-machista que acuñó y que dejó firmemente establecida en la cultura mexicana.

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Imagen de autoría propia

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María Félix, la célebre “Doña”, cuenta que Jorge Pasquel, un político-empresario y amigo de Alemán, le hacía la corte haciendo una ostentación lo más burda posible de su poder. La invitaba a una lujosa finca campestre, con lago interior incluido. Si a María Félix se le antojaba una bebida fresca, el señor Pasquel despachaba a una avioneta para que fuera a comprar el hielo necesario. Este politicastro organizaba, con tanta frecuencia como podía, suntuosas fiestas en aquella finca-palacete, invitando a sus amigos y colegas funcionarios del gobierno alemanista, quienes llegaban en autos de lujo.

En el caso de las fiestas “en corto”, Pasquel y sus amigos llevaban a sus “queridas”, mujeres preferentemente de la farándula, a quienes exhibían como si se tratara de animales-objetos piezas de caza.

Este tipo, Jorge Pasquel, no era la excepción, sino la figura que fijaba la regla en la cultura patriarcal que el alemanismo modernizó, o si se quiere, bajó del cerro y la montó en Cadillacs de lujo. Esa era la manera de actuar de los políticos, grandes empresarios de la época. Considerar a la mujer como una pieza de caza, un objeto que proporciona prestigio y confiere “hombría” a su poseedor.

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Pasaje del libro “Amor Perdido”, escrito por Carlos Monsiváis.

Imagen tomada de: https://bit.ly/2TB72gw

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Son numerosas las historias de políticos del sistema priista que actuaron en los parámetros establecidos por los Jorges Pasqueles alemanistas. Y una curiosa y al mismo tiempo estrafalaria inclinación del político priista por las mujeres del mundo de la farándula. Probablemente, porque estas últimas, ya fueran cantantes, actrices o vedettes, en el concepto de estos tipos, eran unas mujeres-objeto del deseo de miles de varones. ¡Qué mayor prueba de hombría que el de lograr hacerlas “sus” amantes y objetos de su posesión! Así, Carlos Hank González, fundador del priista “Grupo Atlacomulco”, mantuvo un idilio con la rubia actriz Claudia Islas. El entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), con la actriz y cantante Irma “La Tigresa” Serrano. José López Portillo con Sasha Montenegro, hasta llegar al intento de telenovela rosa protagonizado por la actriz Angélica Rivera y Enrique Peña Nieto.

El aprendizaje social vicario del patriarcado

El sistema político mexicano fue diseñado, entre otras cosas, para convertir en objeto de reverencia a los gobernantes en turno. En un sistema piramidal de poder, la cúspide es el señor presidente de la república, y de ahí para abajo, gobernadores, senadores, diputados, presidentes municipales, personeros del partido oficial, y una larguísima cola de pretendientes al papel de “influyentes” y de supuestos amigos y conocidos de políticos de mayor renombre.

Se trata de una escalera de prestigio aspiracional (“si quieres hacerla en la vida, afíliate al PRI”, se decía hasta hace unos pocos años), una escalera de acceso a distintos niveles de poder e influencia.

En un sistema así, el ejemplo puesto por los de arriba es mirado y copiado por algunos de quienes se encuentran abajo. Si los de arriba, quienes ocupan posiciones de poder, hacen tal cosa, pues es de buen tono el replicar sus conductas, palabras y maniobras. Si los políticos exitosos son ventajistas y oportunistas, además de muy machos, pues entonces hay que ser como esos machos de a de veras, y por lo tanto ponerse a “cazar mujeres” y convertirlas en objetos poseídos, en objetos sobre los que se ejerce el poder del macho.

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María Félix y su pretendiente, el político-empresario Jorge Pasquel, amigo del presidente Miguel Alemán, y quien se hizo millonario durante ese sexenio, aprovechando la corrupción rampante, el abierto tráfico de influencias, el torcimiento y violación sistemático de las leyes, pero eso sí, en medio de una profusión de discursos alabando el “espíritu genuinamente revolucionario, demócrata y justiciero” de Alemán y sus corruptos funcionarios y amigos.

Fuente imagen: https://bit.ly/2PQqbtX

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El aprendizaje vicario es aquel que se transmite mediante la exposición cotidiana de modelos ejemplares, supuestamente valiosos y que otras personas, fundamentalmente niños y jóvenes, deben aprender y asumir. Así que el más humilde trabajador puede estar desempleado, o tener un salario mínimo, y ser explotado y sujeto a varias modalidades de explotación y discriminación, pero eso sí, asume como verdad indiscutible que el verdadero macho debe hacer de las mujeres unos objetos, y someterlas a su dominio.

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Independientemente de las clases sociales a las que pertenecen los varones, la cultura patriarcal considera de buen tono, y muestra de hombría, el “piropear” e incluso agredir verbalmente a las mujeres que van por las calles o los espacios públicos.

“Cuando una mujer guapa parte plaza en Madero”, foto-ensayo cuyo autor es Ignacio “Nacho” López, y publicado en la revista Siempre, año 1953.

Fuente: La historia de la foto que inmortalizó a Maty Huitrón, MILENIO.

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Cuántas y cuántas historias de vidas traumatizadas, y a veces destruidas, por la validación de tal forma de pensar. Niños abandonados. Mujeres sujetas al escarnio por no ser “las esposas”. Maltratos físicos. Relaciones de pareja tóxicas. Un enorme resentimiento social incubado por los nefastos efectos del machismo.

Regreso al punto que deseo enfatizar en este escrito: las estructuras patriarcales mantienen patrones de continuidad, pero al mismo tiempo, son lo suficientemente elásticas para cambiar o “modernizarse”.

En el caso mexicano, el gran parteaguas ha sido el sexenio de Miguel Alemán, cuando el machismo y sus símbolos se urbanizaron, cuando el nuevo machismo se entretejió con una ideología aspiracional disque clase-mediera, cuando la supuesta posesión de mujeres se configuró como símbolo de prestigio y afirmación de los machos “modernos”.

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A las mujeres, es necesario el mostrarles que quien manda en las calles y en las casas, son los hombres. Durante el alemanismo, el machismo se reconfiguró como parte de la ideología aspiracional encarnada, entre otros, por el propio Alemán y sus amigos, como “El Señor” que aparece en Las Batallas en el Desierto, o en la persona de Jorge Pasquel.

Fuente imagen: “Cuando una mujer guapa parte plaza en Madero”, Ignacio “Nacho” López, 1953. La historia de la foto que inmortalizó a Maty Huitrón, MILENIO.

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Todo este proceso estuvo combinado con la profusión, durante el alemanismo, de un lenguaje de simulaciones, de mentiras, desparpajo y cinismo. Se hablaba de la vigencia de la Revolución, mientras se la traicionaba de la manera más descarada. Se instaló al oportunismo más mezquino como cosa normal y como requisito necesario para “hacerla en la vida”. Debo añadir que, desgraciadamente, es una etiqueta o estereotipo que tenemos las y los mexicanos ante los extranjeros: el ser personas de doble moral y prestas a engañar a quien se deje.

¿Y después del nueve de marzo?

El patriarcado mexicano está profusamente entretejido con una cultura aspiracional (poseer objetos y hacer ostentación de ellos), la cual es también una cultura de la simulación y la prostitución del sentido verdadero de las palabras (se hablaba de la vigencia de la Revolución mientras se la traicionaba a la menor oportunidad), una cultura que hace de las mujeres unos objetos aspiracionales, es decir, así como la posesión de un auto de lujo me hace más macho, así la posesión de mujeres me confiere valía como macho poderoso y autoritario.

En una lectura hecha desde una atenta perspectiva de género, tal cuadro es el que aparece en la pequeña gran obra maestra “Las Batallas en el Desierto”, de José Emilio Pacheco.

Una historia en la cual las transgresiones al orden patriarcal “moderno” son objeto de castigos que eventualmente condujeron al feminicidio de Mariana.

El desmontar, superar y eventualmente destruir este complejísimo entramado de ideas arraigadas con la fuerza de las convicciones, desde luego llevará un esfuerzo que va más allá de la jornada del 9 de marzo.

La cuestión es que las estructuras del pensamiento patriarcal tienen una historia discernible, una historia en la cual hubo hombres de carne y hueso que construyeron a ese pensamiento patriarcal, y se esforzaron para que lo aceptáramos como si fuera una parte del mundo “normal”, como si fuera una parte de la vida que no es objeto de cuestionamiento, sino de sumisa aceptación.

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El arquetipo del patriarcado moderno y de buen tono burgués: el macho proveedor, amo y señor de la esposa y los hijos, merecedor de las atenciones y adulaciones por parte de sus serviles vasallos vástagos y esposa.

Imagen de atribución pública.  

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Sin embargo, así como el pensamiento patriarcal tiene una historia, la historia que me parece nos toca escribir es la de derribar los ingredientes que apuntalan a ese pensamiento, comenzando con la nefasta idea de que las mujeres son unas eternas menores de edad que necesitan de la guía, patronazgo y sumisión impuestas por los varones.

Este modesto escrito lo pensé y escribí como una manera modesta, pero sincera, de reivindicar a las miles de Marianas quienes han pagado los altos costos de la nefasta cultura patriarcal, incluso con su vida.

Y mi modesta y sincera admiración para las jóvenes, adultas, y adultas mayores que nos van a dar una lección de valentía y civismo el próximo Nueve de Marzo, y todos los días en que esa lucha sigue, y sigue, y sigue.

Gracias por leer.

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